Basta

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Francisco Espinosa

    En este país se requiere de cierta agudeza mental para sobrellevar lo que la agazapada rutina nos va dejando por el camino. A falta de bienestar social, hemos encontrado nuestra manera de andar bajo una tormenta de realidad sin siquiera mojarnos. En estas condiciones nos pudimos hacer amigos de la muerte, cómicos de las desgracias y expertos del consuelo cuando nada nos sale bien. Todo pasa por algo, nos dicen –nos decimos- para seguir andando.

    Aunado a esta corteza protectora y alimentados por un nacionalismo inculcado desde pequeños, cuando cruzamos los límites de nuestra idiosincrasia podemos pasar que se nos insulte a destajo, pero no existe perdón alguno si en ese suelo extranjero no hay un chile digno del picor que te hace lagrimear. Extrañar los sabores y las costumbres de siempre se hace tan difícil como aprender un nuevo idioma o intentar ser puntuales como todos los demás.

    Con la premisa comprobada de que el mexicano prefiere ser turista antes que emigrante, al futbolero aficionado le es inevitable admirar a aquellos ídolos que deciden partir a suelo desconocido, no solo para mejorar su juego, sino por esa astucia que a más de uno le costaría tener para alejarse de lo que le pertenece. Mientras un mortal cualquiera llora en el aeropuerto pensando en la fecha de regreso, el jugador mexicano lleva en sus espaldas la envidia de tantos por animarse a planear una estancia larga fuera de nuestro universo.

    El último que partió para movernos el corazón tiene apenas 22 años y verlo jugar nos ilusiona con que nuestra Selección sea en la cancha lo que los medios y la publicidad patriotera dicen que somos. Parece que Hirving Lozano lleva 10 años jugando como profesional, pero fue hace tres cuando debutó con Pachuca en el Estadio Azteca y se tardó cinco minutos en anotar su primer gol.

    El Chucky vuela con la pelota pegada a su pie derecho; lo disfrutaron en Pachuca, en la Selección y ahora en Eindhoven, desde donde deslumbra la Liga Holandesa, mientras la grada del PSV corea su nombre al ritmo de música mexicana. Tal vez no haya quesadillas ni chiles serranos o habaneros para una salsita, pero la última Joya mexicana se siente como en casa.

    Sin embargo, para quienes hemos sufrido innumerables e inverosímiles episodios de desgracia futbolística, tememos que Lozano se convierta en un episodio más del interminable catálogo de momentos para el recuerdo, en lugar de la gloria perpetua. Vemos con desconfianza los rumores que lo ponen en el futbol inglés como si ese paso lo acercara más a un futuro de confort que lo aleje de la eternidad.

    Juan Villoro explicó, en una de sus brillantes radiografías nacionales, que vivimos en un país donde todo lo que vale la pena se pospone. Un cambio de mentalidad en nuestra esfera futbolística es el anhelo que más se apega al revelador aforismo. Pero tal vez la espera terminó: Hirving Lozano parece querer comerse al mundo y contagiar a todos los demás.

    Con su habilidad y su olfato goleador de primer nivel –raro en un futbolista mexicano- el Chucky ilumina un camino que parecía sombrío rumbo a 2018. Con seis eliminaciones consecutivas en la medianía de los octavos de final en Copas del Mundo, México ha pasado de ser una potencia emergente a un cuadro que se quedó en los laureles de borracheras interminables por éxitos diminutos.

    Además de esta dura actualidad, los futbolistas que creíamos que iban a dar ese paso definitivo se han decantado por aspiraciones personales. Hay quien defiende esta postura, como si se tratasen de laburantes concienzudos que han ido escalando posiciones en una compañía trasnacional. Olvidan que, por esa belleza que da el juego, representan lo que muchos no pudieron ser y la posibilidad de cambiar vidas desde un césped verde.

    Por eso, a Hirving Lozano hay que verlo, gozarlo y pedirle de todo corazón que no se deje seducir por el sexy mundo del primer mundo gringo y su liga de medio pelo o por las economías emergentes del norte del país. Al Chucky hay que exigirle que se acostumbre a jugar –y ganar- Champions League. Que apunte a lo más alto del mundo para poder soñar con él.

    Basta pues, querido Hirving, de tonterías a lo Vela y los hermanos Dos Santos que regresaron para estar cerquita de lo que conocen. Vuela como siempre, contágiales el hambre de trascender para que le cumplan el sueño a millones de paisanos que no quieren ver más finales del mundo bajo el cobijo de la neutralidad. Haznos padecer un final cardiaco que nos llene de júbilo y de paso aprender que, en lugar de ser turistas, emigrar por un largo periodo o para siempre, vale mucho la pena.