El uno para el otro

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Francisco Espinosa

París nunca ha sido una ciudad entregada al futbol. Sus calles huelen a recuerdos, con la Torre Eiffel siempre en el horizonte, como si se tratase de una historiadora dispuesta a contarte lo que por sus faldas ha pasado durante cientos de años. Ícono de la humanidad, la capital francesa es un sitio multicultural, con sus puertas bien abiertas, que algunos políticos –hasta hace poco- quieren cerrar.

Pasa que entre tanto barrio emblemático y con tanta oferta en sus calles, París siempre ha dejado de lado al futbol. Por eso, las principales celebraciones que genera la pelota en la gente se manifiestan en la ciudad cuando Argelia –uno de los países con más ciudadanos residentes en Francia- logra algún triunfo importante. Con la melancolía de sentirse lejos de casa, el futbol les devuelve un poco de identidad nacionalista.

En ese paisaje dubitativo, los nuevos dueños del Paris Saint Germain hicieron del club más odiado de toda Francia, un oasis de lujo y de figuras internacionales que encontraban una zona de confort ideal, con poco que tributar en lo fiscal y con una liga doméstica que se podía ganar casi trotando. Así, el emir catarí, Tamim ben Hamad Al Thani, logró compenetrar a un equipo que ha contado en sus filas con Lavezzi, Cavani, Verrati, Dani Alves y Zlatan Ibrahimovic.

Sin embargo, a pesar del dominio doméstico que han impuesto en la Ligue 1 –con un pequeño tropiezo provocado por el espectacular Mónaco-, la mayor obsesión del dueño catarí no ha llegado. La Champions League parece ser el último rincón en el que los equipos históricos logran establecerse, sin importar que un jeque gaste billetazo tras billetazo. Mientras el talento absorbe la triste liga francesa, el futbol europeo no se rinde al encanto de París.

Era 2012 cuando le preguntaron a Neymar Jr. sobre cuál era el atleta que más le había impresionado conocer. Tenía tan solo 20 años -apenas tres como profesional- pero ya recibía un sueldo de un millón 600 mil dólares al mes. Mientras su vida, fuera de la cancha, giraba en torno a su nuevo corte de pelo o al fin de semana que había pasado en un yate con tres garotas, un país entero lo veía como el salvador de una estirpe que estaba en crisis: el jugador-poeta.

Luego de pensarlo un rato y de preguntarle a quien lideraba el equipo encargado de su imagen, contestó (o le dijeron que contestara): David Beckham. El inglés de buena pegada que reconvirtió el marketing deportivo mientras posaba para fotos, había sorprendido a la nueva joya brasileña. Neymar Jr. soñaba con pertenecer a esa clase alta de la mercadotecnia donde cada paso y cada gesto tiene como fin hacer dinero.

Cuando el brasileño llego al Barça, el PSG observó atento el desarrollo del futbolista que estaba destinado a ser crack. A lo lejos, cayendo eliminado en una ronda de ensueño ante los blaugranas de la mano de Neymar, los altos dirigentes del club francés entendieron que el heredero de Pelé –como lo ven en Brasil- debía liderar un proyecto que iba más allá de lo que ocurre en la cancha.

El PSG puso 222 millones de euros sobre la mesa del club blaugrana para pagar una cláusula imposible, provocando un parteaguas en la historia del futbol. Neymar Jr. aceptó gustoso, rindiéndose al coqueteo de convertirse en el mejor jugador del equipo y el encargado de llevar a cuestas un proyecto obsesionado con ser el más grande equipo del mundo.

El Parque de los Príncipes, la nueva casa del astro brasileño –ubicada al sudoeste de París- es un recinto manchado por la actitud ultraderechista de sus aficionados más radicales, capaces de protagonizar un incidente que acabó con la muerte de un aficionado rival en 2010. El racismo de la grada es tal, que cuando George Weah -probablemente el mejor delantero en la historia del equipo- jugó su último partido con la camiseta del cuadro parisino, lo despidieron con gritos emulando a un mono.

En ese contexto llega Neymar Jr., no solo con una misión deportiva sino con la proeza en mente de hacer del PSG un club global en una ciudad que mira de reojo lo que ocurre con la pelota. Con la 10 entregada en bandeja de plata por el argentino Pastore, el brasileño aspira a ser el mejor jugador del mundo en tiempos de Messi y Cristiano. Allí, en un club que funciona más como una empresa de relaciones públicas entre las altas esferas de la sociedad francesa, Neymar Jr. continuará con su historia, tan llena de marketing de primer nivel.

Mientras la pelota espera con ansias ver cómo funcionará el reto que Ney -como le dicen cariñosamente, aunque su equipo de marketing insiste en que se le diga Neymar Jr.- se ha puesto ante así, el futbol ha entrado a terrenos desconocidos de cifras descomunales. Aquel chico que salió del Santos de Pelé -el Santos que paró una guerra cuando visitó Nigeria en 1969 y los dos bandos decidieron hacer un alto para ver jugar a O’Rei-, ha llegado al mejor equipo que se acomoda con sus deseos de venderse así mismo.

Con la sonrisa plena, los altos dirigentes del PSG anhelan que lo económico –con un éxito asegurado- se acomode a los planes deportivos y que su única obsesión se cumpla de la mano del jugador-poeta del futbol brasileño: una foto majestuosa con la Orejona de la Champions League, posando tranquila y glamurosa a los pies de la Torre Eiffel.