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Antonio Moschella

    Pobre Diablo

    Las manos en los guantes de Kalac buscaban un cobijo del frío de aquella noche del 4 de marzo 2008, cuando Fábregas encontraba el valor y el ángulo a la derecha del arquero rossonero desde los 35 metros. Pocos minutos después Adebayor ponía el 2 a 0 con el que el Arsenal derrotaba al Milán […]

    Las manos en los guantes de Kalac buscaban un cobijo del frío de aquella noche del 4 de marzo 2008, cuando Fábregas encontraba el valor y el ángulo a la derecha del arquero rossonero desde los 35 metros. Pocos minutos después Adebayor ponía el 2 a 0 con el que el Arsenal derrotaba al Milán vigente campeón de Europa en su feudo de San Siro. En aquel momento todo el estadio supo que algo se empezaba a quebrar: el equipo que diez meses antes había conquistado su séptima Champions League ya estaba sin pilas y su color rojinegro comenzaba a perder tonalidad.

    El año anterior, la cabalgata triunfal en una Champions League en la que el Milán entró por el turno preliminar tras la sanción para el escándalo de Calciopoli, fue larga pero exitosa. Con un Kaká que por aquel entonces se perfilaba como el mejor jugador del momento. Pero lo que pasó el 23 de mayo de 2007 en Atenas fue el principio del fin para el equipo milanés que desde entonces acabó ganando solamente una liga y una supercopa italiana, algo irrisorio para el mejor equipo europeo de los últimos treinta años. Repasando la alineación de aquella noche en Atenas y comparándola con la de hoy, a muchos les provocarían escalofríos de disgusto. Y con razón. Si en 2007 delante de Dida estaban Maldini y Nesta, hoy delante de Diego López se sitúan Mexes y Zapata. En la medular lo único que acomuna Seedorf y De Jong es el pasaporte holandés, mientras que Poli no es ni siquiera un anagrama de Pirlo. Por no hablar de las diferencias entre Kaká y Menez, que sin embargo el año pasado hizo que el Milán no se quedase en la parte baja de la tabla en la Serie A.

    Ahora que la mitad del club es casi propiedad de un magnate tailandés y el dinero parece haber vuelto en la cajas del Milán, algunos piensan que ha llegado el momento del repunte. Pero no todo es tan sencillo. Los tiempos buenos para el Milán ya se acabaron. El poderío financiero de Silvio Berlusconi ha podido con todo durante más de 25 años, pero desde sus aventuras extra futbolísticas y la quiebra de algunas compañías que le pertenecen, el presidente de la entidad no ha conseguido mantener a flote la estructura. El adiós de Zlatan Ibrahimovic y de Thiago Silva en 2012 fueron el definitivo hachazo a una escuadra a la que le queda solamente el peso de la camiseta. Y tal vez ni eso, puesto que los últimos diseños han atentado a la belleza de su histórico estilo por puras cuestiones de marketing.

    El Diablo ya no es lo que era. En crisis de identidad y sin saber si se llama Lucifer o Satán, el Milán ya no sabe ni actuar en el mercado: los fichajes de Luiz Adriano y de Bacca, dos nueve que probablemente podrán llegar a estorbarse, delatan una tendencia a buscar el golpe de efecto pero a no querer reforzarse en el sector más débil, la defensa. Pero el Milán es así. Está hecho a imagen de su presidente, un megalómano que ha querido y obtenido todo y ahora quiere seguir usando el juguete a su antojo. Porque es verdad que el fútbol es un juego, pero tampoco hay que estropearlo.


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