user-photo
Francisco Espinosa

    Somos Rabieta

    Hemos evolucionado en seres pensantes capaces de dominar cualquier reto que atente contra la integridad de nuestra existencia o ante el espacio tan seductor como lleno de estrellas. Tuvimos las agallas para demostrar que la tierra no era plana y que se movía alrededor de una estrella incandescente. Luego el océano se convirtió en un […]

    Hemos evolucionado en seres pensantes capaces de dominar cualquier reto que atente contra la integridad de nuestra existencia o ante el espacio tan seductor como lleno de estrellas. Tuvimos las agallas para demostrar que la tierra no era plana y que se movía alrededor de una estrella incandescente. Luego el océano se convirtió en un charco cuando un nuevo continente fue descubierto tan lleno de rasgos distintos, convirtiéndose en el destino predilecto de los viejos aventureros y saqueadores sin escrúpulos. Fuimos capaces de inventarnos deidades para no sucumbir solos ante la proeza siempre peligrosa de vivir. Inventamos cómo reproducir el conocimiento en menos tiempo con la imprenta de libros. Reaccionamos tarde cuando un invento chino dinamitó de manera estruendosa los conflictos entre naciones. Supimos que más que un lamento, la guerra es un negocio muy lucrativo.

    La codicia se apoderó de un mundo que no acababa de adaptarse a tantos nuevos inquilinos de distinto pensamiento. En Alemania, un orador espléndido supo convencer a millones que había jerarquías de pureza en nuestra especie y provocó un episodio que merece siempre ser recordado para nunca olvidar de lo que somos capaces y asegurarnos que jamás volverá a pasar. De a poco, conforme la resaca de los tiempos bélicos se iba por fin yendo, los ideales pasaron a segundo plano cuando hubo que perseguir dinero sin el menor remordimiento tras haber dejado encerrados a los sueños para siempre. Modificamos nuestra vestimenta, nuestro cabello y la forma de transportamos.

    Conforme pasaba el tiempo se hacía más difícil explicar el camino que había tomado la humanidad. Se avanzaba, claro, pero las distancias ideológicas se hacían cada vez más largas. Fue entonces cuando el fútbol tomó una relevancia única y enriquecedora. De pronto, lo inexplicable se clarificaba en un terreno verde con 22 hombres disputando una redonda mientras construían identidad con los suyos e innumerables simbolismos sobre lo que significa ser un ser humano. Las historias del fútbol se establecían con su enseñanza práctica tan llena de sentimientos a flor de piel. En ese punto conocimos a Matthias Sindelar, un crack austriaco que fue mutilado de espíritu y obligado al suicidio por humillar a un equipo nazi ante la atenta mirada de Hitler. Su colega Mussolini amenazó con asesinar árbitros e incluso a sus propios jugadores si la Copa Jules Rimet (el Santo Grial del siglo XX) no se quedaba en suelo italiano. En 1950, un estadio mítico llamado Maracaná nos enseñó el ruido ensordecedor que hace el silencio de un gol uruguayo. Cuatro años más tarde, en la ciudad de Berna, se demostró para los incrédulos ateos, que los milagros existen cuando un alemán está dispuesto a hacerlo. Pelé provocó ira racial, envidia y admiración eterna (en ese orden) con sus más de 1000 goles. Después conocimos al Diego con su pacto celestial y su pierna zurda tan parecida al cerebro de Leonardo Da Vinci.

    Luego el juego fue secuestrado por hombres bien vestidos quienes le pusieron precio a la pasión, organizando justas masivas entre países en veranos de descanso. La nueva guerra sin armas ni balas también era un negocio irrechazable. Convirtieron a una de las mejores cosas que le ha pasado al hombre en un vil entretenimiento. Pero a pesar de todo, las historias continuaron. Como era de esperarse, realidad y juego fueron convirtiéndose en una sola. La forma de vivir el fútbol pasó a ser una representación viable de distintas sociedades. Como en antaño, el hombre siguió aferrándose a un balón para conocerse a sí mismo y a quienes lo rodean. Se construyeron para siempre amistades tras un pase filtrado entre líneas. Nunca hubo una muestra más grande de solidaridad como cuando un delantero bajaba a tierra desconocida para echar una mano en defensa. Las cintas de capitán fueron armaduras o capas de Superhéroes; por 90 minutos, quien usaba ese pequeña tela en su brazo se sentía inmortal. Las mujeres, agazapadas por el cobarde machismo, abandonaron los estándares sociales. Jugar fue una bandera poderosa de igualdad.

    El mundo sigue. Hoy poco importa si es plano o redondo, se lucha por mantenerlo firme y que no se desmorone. Pero no está solo. El fútbol sigue con su labor de peón incansable para conocernos y entendernos mejor, a pesar de algunos que no creen en esa misión. Catalogado como una sustancia nociva para los sentidos y como un relajante adormecedor que sirve para que la avaricia y lo más oscuro de nosotros se aproveche para armar una fiesta, el balón ni se inmuta y sigue girando en cualquier parte del mundo, sin importar condiciones. La pureza del juego, donde nuestras miradas apuntan y nuestras letras surgen. Rabieta nace para vivir distraídos por esas historias irrepetibles. Para acabar de entender que el fútbol se vive más de lo que se juega. Como aquellos soldados enemigos que se enfrentaban a muerte entre trincheras y tras hacer una pausa deciden jugar al fútbol en plena antesala de la navidad. Una rareza si no fuera por lo que nos enseñó la socióloga alemana, Dorothee Sölle: el primer día que alguien nos dio una pelota para patear y jugar comprendimos que, aún medio del caos, existe la felicidad.

     

     


    Copy Protected by Chetan's WP-Copyprotect.