Rafa Márquez y el alma empatada

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Obed Ruíz

    El pasado 9 de agosto una noticia sacudió las redes –y esta ocasión no me refiero a las de la portería– con la noticia de que Rafael Márquez, capitán y símbolo de la Selección Mexicana, era sospechoso de tener vínculos con el narcotraficante Raúl Flores Hernández por presunto lavado de dinero en algunas de sus empresas, según la información compartida por el Departamento de Tesorería de Estados Unidos.

    Los mexicanos –ya sea quienes profesamos un amor inexplicable por el futbol y por la selección más allá de los resultados, o aquellos que solo se acuerdan cada cuatro años y repiten los nombres más sonados– estamos acostumbrados a ver la foto y el nombre de Márquez en listas de convocatorias finales, en las alineaciones que comparten las televisoras y los medios o en el volado que disputan los capitanes antes de comenzar cualquier partido con el fin de elegir en qué lado de la cancha comenzará a jugar cada equipo y quién pondrá el balón en movimiento, no en una lista que toca una de las heridas que más daño y desazón generan: la del narcotráfico.

    Este 25 de octubre, dos meses y medio después de la conmoción que generó opiniones divididas, Rafa salió a la banca de Atlas en el Clásico Tapatío y no es exagerado decir que su habilitación no es un golpe de fe que se concentre solamente en los aficionados rojinegros, sino un respiro para la identidad cultural del mexicano. En cuanto se dio a conocer la presunta noticia de los nexos con el narcotráfico los medios dedicaron notas y planas enteras respecto al caso. En su mayoría se limitaron –como lo hacen las siempre– a replicar la información, sin embargo, León Krauze, una voz autorizada en el periodismo mexicano y que cuenta con el respeto del gremio y de la ciudadanía dedicó un texto en Letras Libres: La caída de Rafa Márquez.

    Más allá de establecer una postura y hacer señalamientos, Krauze recordó con melancolía la carrera de Márquez y resaltó los valores que lo identificaban dentro y fuera de la cancha sin dejar de lado su vena futbolera. El texto –que no fue queja ni mucho menos acusación– se lee como un lamento, uno equiparable al que vivieron los argentinos todas las veces en que Maradona fue señalado por ingerir sustancias prohibidas. Más allá del plano personal, la preocupación del periodista se volcó a las nuevas generaciones, esas que crecimos contemplando el gafete de capitán en el brazo del número cuatro y soñamos con emularlo. “No le lloro, pues, a las pasiones de mi niñez. Le lloro, eso sí, a la juventud de mi país”. Las lágrimas de Krauze no nacieron ante la posibilidad de que a Rafa se le uniformara como preso, brotaron a causa del resquebrajamiento que significó la mancha en un historial que parecía casi perfecto y servía de modelo para las futuras generaciones.

    “¡Vaya tragedia!”, finaliza. No la de Rafa, la de quienes podrían perder toda esperanza y sumarse a las filas de quienes han sembrado pánico y preocupación en el país tratando de imitar al capitán. “Solo el deporte, a pesar de su mediocridad objetiva, parecía ofrecer algún tipo de bálsamo e inspiración”. La oración conjugada en pasado terminaba con todo sueño e ilusión, o al menos así parecía hasta antes de que Rafa fuera considerado nuevamente para salir, aunque fuera, a la banca. Y ya que se habla de la ilusión creo que es oportuno recordar el documental de Olallo Rubio “Ilusión Nacional”, ya que abre con la pantalla mostrando tres significados de dicha palabra. El primero se refiere a una “imagen sugerida por los sentidos que carece de verdadera realidad”; el segundo dice “esperanza que carece de fundamento en la realidad” y el tercero “entusiasmo, alegría”. Segundos después las letras se difuminan y sólo queda la última: alegría.

    En este caso no debemos omitir las primeras definiciones. Al contrario, siendo exquisitos –y por qué no, un poco ilusionados sin convertirnos en ilusos– podemos encontrar un paralelismo de lo que se ha vivido desde el 9 de agosto hasta la fecha. La primera reacción de muchos ante el escándalo fue de incredulidad, de rechazo hacia algo que escuchaban o leían pero que, ante la mínima posibilidad, se negaban a aceptar, ya fuera por la poca credibilidad que tienen los medios o por la enemistad que se tiene con el país acusador. Seguro hubo más de uno que creyó que era una venganza por la patada que Rafa le dio a Cobi Jones en el Mundial de 2002. De ahí el proceso se volcó a la esperanza –poca pero existente– para ser sustento de quienes, sin pruebas, querían convencerse de su inocencia. A pesar de ser separado de sus compañeros, Márquez no dejó de realizar entrenamientos aislados y a las pocas semanas se incorporó nuevamente a las filas de Atlas. Ahí prevaleció el entusiasmo y, con la noticia más reciente, al verlo calentar en casaca al lado del terreno de juego, llegó la alegría.

    Retomando el tema del volado, en el que nos gusta reconocer la figura de Márquez a través de la televisión, es inevitable pasar por alto el libro “Ida y vuelta”, una serie de correspondencias entre Martín Caparrós y el representante cultural mexicano del futbol, Juan Villoro, donde Sudáfrica 2010 fue el pretexto para un intercambio de correos que definió el orden en que los escritores se responderían mediante el arte mexicano del azar depositado en una moneda al aire.

    En su tercera intervención Villoro habla acerca de las nulas posibilidades que tiene México de ganar la Copa del Mundo y exalta la cultura del empate, a la que tanto estamos ligados. “Cuando Rafa Márquez anotó sin marca [en el partido inaugural contra Sudáfrica], a una distancia de cuchilleros, recuperamos la forma mexicana de la esperanza: el equilibrio, la sensación de que ni todo está perfecto ni todo está perdido. ‘Aquí no ha pasado nada’ (curiosamente, entre nosotros  [los mexicanos] esa frase es optimista). La negación del hecho brinda tranquilidad”.

    Negar el hecho en esta situación sería irresponsable y aceptarlo, atrevido. Hace algunos días un par de cuentas del defensa central fueron liberadas y su probable regreso a las canchas augura un fallo positivo ante la polémica. Los aficionados nada podemos hacer, por más que queramos eximir a Rafa de cualquier culpa, sólo queda esperar a que se presenten los resultados de la investigación donde se definirá el futuro e ilusionarnos con la idea de verlo jugar su quinto Mundial en Rusia, porque tal y como escribió Villoro: “Hay países que tienen al alma dividida. Nosotros [en el caso de Márquez] la tenemos empatada”.