Woodstock

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Francisco Espinosa

Apenas han pasado unas horas desde que su hermano le anunció al mundo su retiro y todos queremos vivir eternamente en el recuerdo de su felicidad desbordada en una cancha de futbol. Lo vimos correr, seducir y gozar como ningún otro jugador lo había hecho. Muchos ganaron más, otros tantos se llenaron de idolatría, pero solo él pudo envolvernos en una fantasía genuina que nos ha dejado una nostalgia como pocas. Una cosa ha quedado clara: Ronaldinho es el festival de Woodstock. 

Inmersos en una agobiante espiral de competencia frívola, un hombre se alzó entre la tiranía de correr sin fatiga para volver a las raíces del más bello juego. Allí, con el mundo al alcance de sus manos, acarició la pelota con sus pies y le habló despacio, seduciéndola mientras el resto de los mortales caíamos hipnotizados frente a ese romance tan explosivo como auténtico.

Entonces, una generación supo que se podían hacer cosas extraordinarias en ese mundo táctico con sistemas de lineas de cuatro y tres que se anulan entre sí. Ronaldinho sacudió al planeta con sus ojos grandes y con sus dientes dispares que lo hicieron parecer siempre un niño apunto de perder sus primeros molares de leche.

Fue su apariencia la que llamó la atención, pero su forma de jugar abrió un espectro inimaginable. De pronto, los amantes al futbol descubrieron nuevos colores y sensaciones, todas a partir de un brasileño capaz de convertir 90 minutos en un legado para un deporte en el que decían que no se podía inventar nada.

A la par de sus ganas de vivir y divertirse sin miramientos, estuvo la promesa póstuma que le hizo a su padre de ser el mejor del mundo. Ese compromiso interno lo alejó de unirse a la estela que dejaron el Mágico González y el Trinche Carlovich. Ronnie jamás dejó de sonreír ni de gozar con la pelota, pero tampoco se alejó del compromiso paternal para ganar un Balón de Oro unánime que nos hizo sonreír.

Apegado a la competencia que implica jugar, Ronaldinho ganó todo lo que un jugador profesional podría conquistar: Desde la rocosa Libertadores, pasando por el glamour de la Champions League hasta el Santo Grial que representa la Copa del Mundo. Sin embargo, con su retiro pocos hablan de su envidiable palmarés. En la memoria nos queda un tipo que nos hizo volver a creer en la magia del juego.

Hace unos meses, el propio Dinho escribió en The Player’s Tribune una carta a su versión adolescente: “Cuando tienes un balón en los pies, eres libre. Eres feliz. Te sientes como si estuvieras escuchando música. Ese sentimiento hará que quieras difundir esas misma felicidad a otros”. Nada más certero. Nunca jugó para ganar, lo hacía para contagiar y para que nunca lo pudiéramos olvidar.

En la memoria nos queda un acervo invaluable, aunado a un sentimiento de vacío por un tipo que hizo vibrar y disfrutar mediante una revolución cultural que trascendió los límites del futbol. Así, en una labor como embajador de todo lo que debería ser el juego, recorrió el mundo para contagiar la sana enfermedad de la felicidad. Piso suelo mexicano para jugar con Querétaro y su estirpe triunfadora casi le alcanza para ganar una Liga , poniendo las sonrisas de siempre y sus propios horarios de entrenamiento.

Lejos -muy lejos- quedan las críticas de quienes lo acusaron de conformista, de abandonar su ambición cuando logró ser el mejor del mundo. Enterrados están los señalamientos sin escrúpulos de quienes ven todo desde la patética aseveración de que ganar es todo lo que cuenta. Ronnie dijo adiós del profesionalismo -al menos de manera oficial- y la nostalgia se apoderó del ambiente, como aquel verano inolvidable de 1969 en el que la humanidad descubrió la posibilidad de ser mejores personas.

Se retiró la más bella utopía de un juego cada vez más industrializado. Se fue un niño que jamás creció para fortuna de todos. Para aquellos tercos analistas, amantes de la frialdad de las cifras sin el calor humano, Ronaldinho jugó como profesional poco más de 20 años. Para todos los demás, a quienes nos cautivó el alma y nos agudizó los sentidos con el arte de ver a la pelota bien pegada a su pie derecho y sus caderas listas para titubear, el mago que nació brasileño pero que se fundió con el universo entero, jugó solo tres días: 15, 16 y 17 de agosto de 1969. Su carrera: Un festival para la posteridad.